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Editoriales

El Conservatorio Nacional de 1888 y el Conservatorio Williams . Senderos que se bifurcan en la educación musical argentina

Manuel Massone y Oscar Olmello

 

La existencia del Conservatorio Nacional fundado en 1888 por decreto del presidente Miguel Ángel Juárez Celman, fue ignorada por la bibliografía hasta épocas muy recientes. Por ello permanecieron también desconocidos los esfuerzos que llevó a cabo el Estado Nacional para la formación de maestros de música. Tal medida resultaba urgente al implementarse en 1884 la ley 1420 de educación común, gratuita y obligatoria, con la consiguiente necesidad de cubrir las numerosas vacantes en esos cargos.

 

Aquella ley venía a formular explícitamente un ambicioso proyecto puesto en práctica en la segunda mitad del siglo XIX, que buscaba erradicar el analfabetismo. La música vocal y el dibujo aparecían en la norma como materias curriculares. No resulta casual entonces, que Juan Gutiérrez fuera elegido el primer director de aquel conservatorio. Él mismo en la introducción de su tratado de solfeo, relata que se había preparado en España como solfista, es decir como maestro de música vocal. Tal asignatura figuraba en los programas de la Escuela Normal de Paraná ya desde su fundación en 1870. Se seguía así una tendencia de vanguardia que había sido exitosa primero en las escuelas públicas de la ciudad de Boston y luego en toda la Unión. No debe olvidarse que el director y todo el claustro docente fundadores de esa escuela eran originarios de aquella ciudad norteamericana.

 

En línea con esos objetivos, el Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, Juan Manuel Carballido elogia en la memoria elevada al Congreso Nacional en 1891, el funcionamiento del Conservatorio Nacional pues ha formado “[…]señoritas maestras de solfeo que ya están ejerciendo en escuelas nacionales y primarias dependientes del Consejo Nacional de Educación” (Carballido, 1891).

 

Sin embargo, tal tarea se ve interrumpida por la crisis económica de 1890 y la posterior acción de Alberto Williams. En efecto, decepcionado al regreso de Europa por el desinterés de la sociedad porteña ante sus flamantes capacidades adquiridas en Francia como pianista y compositor, piensa abandonar la música ante lo cual su tío Amancio Alcorta, a la sazón ministro del ramo respectivo, le ofrece desplazar a Gutiérrez para colocarlo a él en su reemplazo. Williams rechaza el ofrecimiento y tiempo más tarde funda su propio conservatorio de gestión privada.

 

Para constituir su claustro tienta a los profesores del Conservatorio Nacional a pasarse al suyo, quienes a su vez, aconsejan a sus alumnos seguirlos hacia la institución recién fundada. Casi inmediatamente, su tío en un fugaz regreso al ministerio instituye el reconocimiento oficial de los títulos expedidos por el conservatorio de su sobrino. En una sola operación Williams vacía de profesores y alumnos el Conservatorio Nacional dirigido por Gutiérrez quien, como el mismo Williams escribe “dejé con un palmo de narices” y se convierte en la única institución que otorgara títulos oficiales de música, ya que el Conservatorio Nacional, así debilitado perdió esa facultad[1].

 

Esta circunstancia además de promover reflexiones sobre la ética de un personaje instalado hasta hace poco tiempo en la hagiografía musical argentina, generó una antinomia que llevó un siglo resolver. Pues el conservatorio de Williams encarnaba un paradigma de formación profesional del músico opuesta a la del de Gutiérrez. Su curriculum estaba inspirado en el del Conservatorio de París y por ello buscaba formar instrumentistas virtuosos y compositores, aunque el título que obtenían habilitaba a sus egresados a ejercer como maestros de música.

 

Tal desajuste fue señalado por un docente de música, al explicar que:

 

La metodología empleada en la escuela por los profesores especiales [maestros de música], está calcada en los medios puestos en uso por los conservatorios donde ellos estudiaron, pero como en esos establecimientos no se prepara al alumno para ser maestro sino ejecutante, esa rama del arte de enseñar ha merecido una secundaria preferencia cuando no una total omisión, y de ahí la precaria idoneidad del actual músico-maestro (Roldán, 1915).

 

Nueve años más tarde de esta opinión sobre la formación de los educadores, se crea el Conservatorio Nacional definitivo con una orientación que se ubica a mitad de camino entre los paradigmas mencionados, pero con una preeminencia del modelo williamsiano, pues éste para esa época se había consolidado en los conservatorios privados que proliferaban en todo el país, incluyendo además cursos para poder sortear los exámenes de aptitud que requería el Consejo Nacional de Educación para enseñar en las escuelas primarias.

 

Esa antinomia animaba el debate político al interior de las instituciones que impartían la formación profesional del músico, todavía en el último tercio del siglo XX, estando en proceso de evaluación hoy en día las estrategias elaboradas para zanjarlas.

 

Bibliografía

 

Carballido, J. M. (1891). Memoria presentada al Congreso Nacional de 1891. Buenos Aires: Taller Tipográfico de la Penitenciaría.

Massone, M., & Olmello, O. (2015). El Conservatorio Nacional de 1888. La Primera Fundación. 4′ 33″. Revista on line de Investigación Musical., VII(1), 14-28.

Massone, M., & Olmello, O. (enero-junio de 2018). 1890. Divisoria de dos modelos antagónicos de educación musical en la Argentina. Resonancias, 22(42), 33-52. doi:DOI: https://doi.org/10.7764/res.2018.42.3

Roldán, J. M. (1915). La Música en la Escuela. Monitor de la Educación Común, XXXIII(53), 207-211.

 

 

 

[1] El conservatorio de Música de Buenos Aires que dirigía Williams también perdió ese reconocimiento tras el alejamiento de su tío de los gabinetes nacionales, en los cuales ocupó diversos cargos ministeriales durante casi una década.

Balance actividad académica 2018

Por Diego Madoery

 

Este año que finaliza (2018) se realizaron tres congresos vinculados a la investigación en música en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata, institución en la que me formé en el grado y en la que ejerzo como docente desde hace casi treinta años. Una conjunción de situaciones casuales provocaron esta circunstancia inédita para esta facultad y probablemente para muchas de las instituciones universitarias de nuestro país: la XXIII Conferencia de la Asociación Argentina de Musicología y las XIX Jornadas de Musicología se realizaron por primera vez en este ámbito en el mismo año que el 2do. Congreso Internacional bianual de Música Popular, (organizado por quienes forman parte de la carrera de música popular) y las Jornadas de Investigación en Música (organizadas por el Laboratorio para el Estudio de la Experiencia Musical). La Facultad delega en los institutos/laboratorios que realizan investigación la organización de este evento académico anual. La casualidad fue que este Laboratorio se dedica exclusivamente a la investigación en música (no así otros institutos que anualmente organizan los congresos/jornadas en esta unidad académica) y también que hayamos programado el primer congreso de la AAM y el INMCV el mismo año en el que se desarrollaron estos otros dos encuentros de investigadores.

 

Se podría pensar que alguno de ellos no fue del todo satisfactorio, sin embargo tanto por la respuesta a la convocatoria de ponencias como por la asistencia de público no fue así y precisamente esto es lo que motivó esta reflexión.

 

En las XXIII Conferencia/XIX Jornadas (del 23 al 26 de agosto) se presentaron ochenta y nueve ponencias, dos conferencias, un panel y una charla que abordaron una multiplicidad de temáticas desde la música colonial en América hasta manifestaciones de la música popular actual. Quienes participamos pudimos constatar una muy buena asistencia de público (que incluyó alumnos en una semana de paro total docente) en las veintisiete mesas que se presentaron en la totalidad del congreso.

 

El 2do. Congreso de Música Popular realizado entre los días 3 y 5 de octubre reunió a cincuenta y cinco ponencias en veinte mesas y un conjunto de diez charlas/conferencias y dos mesas redondas, que abordaron tanto temáticas vinculadas a la musicología como la enseñanza de la música popular. También se trataron cuestiones de género y de la producción y el trabajo de los/de las músicos/as. Este congreso se caracterizó por una fuerte y numerosa participación de alumnos/as.

 

Las Jornadas organizadas por el LEEM los días 15 y 16 de noviembre tuvieron tres conferencias, dos talleres y catorce sesiones que incluyeron cuarenta ponencias en una diversidad temática y de perspectivas. Aquí se presentaron trabajos relacionados con la educación musical, la psicología de la música y la musicología en música académica y popular.

Es decir, que solo en la Facultad de Bellas Artes en este año se presentaron alrededor de 180 ponencias más un buen número de conferencias, charlas y talleres referidos a la música mediante diversas perspectivas de estudio.

 

A esta situación particular habría que agregar las XV Semana de la Música y la Musicología – Jornadas Interdisciplinarias de Investigación organizadas por el Instituto de Investigación Musicológica de la Universidad Católica Argentina, que estuvieron dedicadas al Tango; algunos congresos internacionales como el de IASPM-AL en Puerto Rico o el II Congreso de Etnomusicología de la Facultad de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México, y otros tantos que no recuerdo y en los que seguramente han participado investigadores argentinos. De este modo, es posible apreciar que, a contramano de la evidente baja de presupuesto y oportunidades laborales y pérdida salarial producto del momento económico y político que estamos viviendo, la investigación en música crece y mucho.

 

En la lista de la AAM hemos debatido en algunas oportunidades en torno al desconocimiento de nuestra disciplina con argumentos relacionados a las relaciones interpersonales que cada uno entabla con la comunidad científica. Me parece que estos números aportan cierta evidencia empírica de este crecimiento que sucede en un contexto en el que  podríamos pensar que ocurriría lo contrario.

 

Asimismo, no puedo más que alegrarme de lo sucedido en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP, institución que aprecio particularmente por la historia que me une a ella y comenté al comienzo.

 

Finalmente, me gustaría dejar una última reflexión respecto de lo observado. Existe un conjunto de trabajos/investigaciones que parecen conformar un lugar ‘gris’ entre lo que ampliamente entendemos como musicología y la educación musical cuyos conocimientos no podemos ignorar. Del mismo modo, tampoco deberíamos desconocer aquellas sistematizaciones de contenidos que las cátedras sin tradición académica de las nuevas carreras de música popular se encuentran desarrollando para su enseñanza y que se compilan en apuntes y otra diversidad de escritos no publicados ni presentados en congresos.

 

Creo que hoy más que nunca debemos incentivar/propiciar el diálogo entre investigadores, docentes, músicos y  productores para retroalimentar el conocimiento que se está generando en este campo (tal vez estoy haciendo una referencia algo sesgada por mi especialidad en los estudios de música popular). Si pensamos que este conocimiento circula solo por congresos específicos tanto sea de musicología o los propios de IASPM nos encontramos en una postura reduccionista que omite una buena cantidad de saberes que ya circulan en instituciones universitarias y terciarias de nuestro país con un diverso grado de desarrollo y sistematización. El desafío actual es poder vincular de algún modo esta abundante información para poder debatir ideas e integrar conocimientos.

 

Uno de los propósitos de nuestra asociación es “favorecer la relación de los musicólogos de nuestro país entre sí y con los del exterior, así como con aquellos investigadores de otras especialidades afines a nuestra disciplina”[i]. Invito a proponer mecanismos de diálogo que nos permitan seguir desarrollando este objetivo.

 

[i] Artículo 2, Inciso 3 del Estatuto de la Asociación Argentina de Musicología

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